LAS OPORTUNIDADES PERDIDAS
Una de las preguntas más
repetidas desde que decidí dedicarme a la política ha sido la de que si no echo
de menos la cirugía, el hospital y el trato con los pacientes. Mi respuesta ha
sido siempre la misma ¡por supuesto que echo de menos la cirugía! No en vano
dediqué once años de mi vida a prepararme y veinte a ejercerla. Pero hay un
matiz, en realidad dos, que debo recordar a continuación; a saber, siempre que
echas de menos una actividad pasada lo que haces es recordar los buenos
momentos y olvidar los malos y segundo, lo que hago ahora es tan apasionante o
más que lo que hacía antes y que también me gusta.
Ha sido la actualidad
informativa de estos días la que me ha hecho recordar algunos de esos momentos
no tan agradables a los que me enfrentaba sino diariamente sí con frecuencia y que
no son otros que la comunicación del fallecimiento de un paciente a sus seres
queridos. La comunicación de un fallecimiento no es ni fácil ni tiene un método
infalible, debe adaptarse a cada caso y a tu propia experiencia.
Como no quiero entrar en
profundidades filosóficas ni tristes me gustaría relatar dos anécdotas que me
ocurrieron muy al principio de mi carrera y que ilustran estos momentos.
La primera me ocurrió muy
al principio de mi carrera y sin dar más datos concretos diré que se me avisó
para que acudiera a un domicilio a certificar una muerte de un paciente. Se
trataba de un hombre que, tras larga enfermedad, había fallecido en su casa y
rodeado de toda su familia. Allí me presente yo, en medio de todas las caras
serias de amigos y familiares con un ambiente, lógicamente, fúnebre.
Mi primera impresión fue
la de que, efectivamente, aquel paciente había fallecido, todos los signos lo
indicaban, palidez, frialdad, inmovilidad, falta de movimientos respiratorios…
pero yo era muy novato y pensé ¿y si me equivoco? Decidí que sería concienzudo
y me puse a realizar varias pruebas más exhaustivas. Para ello tenía el
fonendoscopio y la linterna. No sé por qué decidí comenzar con la linterna y
levanté el parpado del cadáver, apunté y… ¡El paciente abrió los ojos!
Se pueden imaginar la
sorpresa general, la mía incluida, y el susto que llevaron algunos de los
presentes, sobre todo los que tenían más experiencia que yo (incluyo aquí al
personal de la funeraria que había sido avisado y estaba presente).
Por supuesto todo había
sido un error en la medicación que, estando bien prescrita, le había sido
facilitada al paciente, Mientras que el médico de cabecera había prescrito un barbitúrico
sedante cada ocho horas y un analgésico hasta seis veces al día, la familia o
el paciente se habían confundido y había tomado el barbitúrico ¡seis veces! ese
día.
Recordaré ese caso toda
mi vida y lo que me enseñó, que la
experiencia no es superior al método y al protocolo.
En otra ocasión distinta
acudí a un domicilio donde la esposa de un paciente decía que su marido ¡no se
despertaba! Por supuesto cuando entré en la habitación y examiné al paciente,
acostado en su cama, pude determinar que había fallecido. Mi pena y
preocupación fue enorme ¿cómo se lo decía a la esposa? El caso es que la mujer
se dio cuenta de mis tribulaciones y me contestó “Dr. no se preocupe, ya me
imaginaba yo que estaba muerto” Quizá me emocioné entonces de manera
inapropiada, el caso es que la mujer, lejos de preocuparse por ella pasó a
consolarme a mí y terminamos en la cocina merendando café y unas pastas que
había hecho ella. ¡El médico consolado por la paciente! Lejos de avergonzarme
de ello esta experiencia me enseñó mucho. También, que la empatía con las
personas tiene un gran valor, enseña y te hace más humano.
Por fin, además de
recordar y echar de menos la cirugía (a la que espero volver mas pronto que
tarde) recordaré la frase del Dr. Frazier Crane cuando dijo (último capítulo de
la serie “Frazier”:
”Uno no debe arrepentirse
de lo que ha hecho sino de las oportunidades perdidas, de lo que no ha hecho”.
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